La Dictadura No Vive del Fusil: Vive de la Obediencia

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Cuba no está atrapada solo por la pobreza. Está atrapada por un diseño de poder: control vertical, miedo horizontal y propaganda para justificarlo todo. Y cuando uno mira la historia sin romanticismos, aparece una verdad incómoda: los cambios grandes casi nunca llegan solo por “el pueblo”; llegan cuando, además del empuje popular, se rompe la disciplina interna del aparato que sostiene la represión.

Por eso pongo sobre la mesa el tema militar, aunque a muchos les moleste.

Batista es un caso útil para pensar, no para idolatrar. Sería un error infantil pintar a Batista como santo, porque no lo fue, y después de 1952 su ruta política terminó de ensuciar cualquier lectura épica. Pero sería igual de ingenuo negar que en su primera etapa fue un actor decisivo: entendió el lenguaje del poder real, desplazó piezas, y en un momento donde el país era un temblor constante, torció el rumbo histórico. No porque fuera “bueno”, sino porque tuvo capacidad de mando, lectura del momento y voluntad de imponerse.

Esa es la lección. No la estatua.

Hoy en Cuba no falta “pueblo”. Sobra. Lo que falta es ruptura del candado. Y el candado no es ideológico: es institucional. El régimen aprendió una cosa: que la oposición civil sola, sin grietas dentro, se puede desgastar con cárcel, miedo, exilio y hambre. Por eso blindó a las fuerzas armadas y al ministerio del interior con tres mecanismos brutales:

  1. privilegios para asegurar lealtad,

  2. vigilancia interna para impedir conspiración,

  3. castigo ejemplar para que el miedo sea pedagógico.

Entonces, cuando alguien dice “los militares pudieran jugar un papel”, no está hablando de una fantasía hollywoodense. Está hablando de algo más frío: la posibilidad de una fisura. Y una fisura no significa tanques en la calle. La fisura puede ser —y suele ser— algo más simple y devastador para una tiranía: la negativa a ejecutar órdenes injustas, la filtración de información, el “yo no me presto”, el quiebre de la cadena de obediencia en el momento clave.

Ahí entra el concepto de honor, que en Cuba se ha prostituido. El régimen usa la palabra “patria” para pedir obediencia y usa la palabra “revolución” para pedir impunidad. Pero honor no es gritar consignas. Honor es reconocer cuándo estás defendiendo a tu pueblo y cuándo estás defendiendo a una cúpula. Esa diferencia —cuando aparece dentro del uniforme— es la que cambia países.

Nuestra historia tiene ejemplos de militares y figuras de autoridad que, en distintos momentos, encarnaron esa tensión entre disciplina y conciencia. No hace falta convertirlos en santos; basta con entender el patrón: cuando una parte del aparato deja de ver al ciudadano como enemigo, el régimen tiembla. Porque la tiranía vive de una ecuación: “si obedecen los de adentro, afuera no importa”.

Por eso mi punto no es “militares héroes”. Mi punto es más duro: la Cuba de hoy está diseñada para que no existan militares con margen moral. Y eso es precisamente lo trágico. Porque el control férreo no solo oprime al pueblo; también deforma al funcionario, lo acostumbra a la obediencia ciega, lo entrena a justificarse, le enseña a sobrevivir en la mentira.

Pero aquí viene el golpe: ningún sistema de control es perfecto. Ni el más paranoico. En algún momento el costo de sostener la represión crece: más hambre, más apagones, más descontento, más colapso, más vergüenza. Y entonces el régimen enfrenta un dilema que no se resuelve con consignas: o aumenta la violencia (y se quema más), o cede (y se fractura), o se pudre por dentro (y cae por agotamiento).

Y yo creo que 2026 puede ser ese año psicológico: no porque el calendario haga magia, sino porque el peso acumulado se vuelve insoportable. Llega un punto en que un pueblo no es “resistente”: es reventado. Y cuando el pueblo está reventado, el régimen necesita más represión para sostenerse… y ahí es donde la historia, otra vez, zigzaguea: porque la represión también depende de seres humanos con conciencia, familia, miedo y vergüenza.

No estoy llamando a violencia. Estoy llamando a una idea más peligrosa para una dictadura: responsabilidad moral. A que cada cubano —civil o uniformado— se pregunte de frente: “¿Yo estoy sosteniendo a mi país… o sosteniendo a los que lo secuestraron?”

Porque el día que esa pregunta se vuelva masiva, el régimen pierde su arma principal, que no es el fusil: es la obediencia.

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